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Saki, el otro Wilde

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Mensaje  Lois_Lane el Dom Ene 12, 2014 7:16 pm

Saki, el otro Wilde Hector-Hugh-Munro-Saki.-Foto-E.-O.-Hopp%C3%A9

Oscar Wilde no estuvo solo en la dramática contienda contra la era victoriana. A su lado peleó con gloria poco reconocida el caballero británico Hector Hugh Munro (Birmania, 1870 – Francia, 1916), por sobrenombre Saki, el más afilado cuentista británico de entresiglos y uno de los talentos más sutilmente divertidos del ámbito anglosajón junto con el estadounidense O. Henry. El celebrado Wodehouse debe tanto al magisterio cómico de Saki como el añorado Tom Sharpe, que en junio de este mismo año decidió morirse en Gerona al constatar el decepcionante retraso de la recuperación o de la independencia, una de dos. Antes de morir, sin embargo, dejó escrito: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». No creo que se puede recompensar mejor la entrega de un escritor al juicioso mandamiento de Sainte-Beuve: «Leed cosas grandes, escribid cosas agradables».

Saki leyó a los grandes ironistas de su tradición cultural, de Sterne a Swift, y escribió unos cuentos gratísimos de leer que bien leídos no están exentos de amargura íntima ni de aullido social. Lo que me gusta de Saki es que no necesita operaciones exhaustivas como las de William Makepeace Thackeray (otro inglés nacido en la India) para abrir en canal a la sociedad eduardiana. Con tres incisiones muy localizadas pone la moral porcina de una marquesa a chorrear sangre boca abajo. Sus cuentos van al grano tras una ambientación impresionista y mantienen unas constantes estructurales y temáticas cuya reiteración obsesiva no preocupa en absoluto al autor. Y lo que es más importante: tampoco al lector.

Tenéis varias ediciones. Yo he manejado los Cuentos Completos en Alpha Decay y las Crónicas de Clovis en Valdemar, aunque hay algunas otras fruto de un feliz, y reciente, redescubrimiento editorial. Las piezas narrativas de Saki suelen estructurarse en torno a una escena de corte teatral, en donde los diálogos y las descripciones psicológicas canalizan el veneno de la sátira costumbrista: conversaciones en salones de mansiones londinenses o coloniales, fiestas o clubes de bridge. Aristócratas de afilado ingenio y pícaros arribistas alternan golpes de florete dialéctico abrumando al lector-espectador que asiste a un despliegue sintáctico y verbal deslumbrante. Los vicios de clase —la hipocresía, la avaricia, las maniobras del gorrón o la pesadez del charlatán— son satirizados sin piedad, con el efecto multiplicador que se logra envolviendo la carga vitriólica en elegantes capas de referencias indirectas y elaboradas perífrasis y comparaciones. El estilo relampagueante de las comedias wildeanas, vamos.

Se trata de una literatura que toma a los lectores por inteligentes. Exige un paladar medianamente distinguido para apreciar tanto un enredo endiablado como un moroso dibujo de caracteres, una erudición exótica, una nota macabra y una sintaxis sin miedo a la subordinación. De los ingleses siempre sorprende un poco esa simultánea aptitud para el escándalo y la permisividad, caras de la misma moneda de la civilización. Fue el puritanismo victoriano el que condenó a Wilde, pero solo después de llenar durante años los teatros que representaban sus obras. Al final parece que el único precepto absoluto es el que promulgara en mármol Michi Panero: «Lo único que no se puede ser en esta vida es un coñazo». Ni Wilde ni Saki aburren jamás.

Traemos aquí a Saki porque fue un hombre inclasificable, que son los únicos que merecen la pena, y también porque es un prosista excepcional, que va siendo el único valor del que nos fiamos en esta vida. Nació en una ciudad del golfo de Bengala, en plena época imperial, y se enroló sin ningún escrúpulo en la policía militar birmana, de donde lo apartó únicamente su facilidad para contraer fiebres de todo tipo. Entonces se hizo periodista y ejerció de corresponsal en los Balcanes, Rusia y París, desempeño en el que yo sospecho que perfeccionaría su talento viperino. Profesó siempre una ideología conservadora que defendió con demoledora ironía, un poco como el Evelyn Waugh de ¡Noticia bomba!, y con desacomplejado complejo de superioridad inglesa, un poco como el Kipling cantor del colonialismo. En Londres se condujo como el dandi, misógino y homosexual que era, sin demasiados alardes ni tampoco ocultamientos, equilibrio por cierto en el que coincidió con Wilde más de lo que la leyenda contracultural atribuye al irlandés, pues don Oscar se había movido calculadamente por el interior del armario hasta la traición de su diabólico amante Lord Alfred. En los cuentos de Saki hay una venganza cruenta de la banal señora o señorita de alta posición, trasunto repetido de las dos insufribles tías solteronas que se hicieron cargo de su educación de niño huérfano de madre e hijo de padre autoritario, circunstancias todas que redondean un arquetipo y un tema para un ensayo —la misoginia mordaz de cierto escritor gay— que yo no cometeré la temeridad de escribir, pero que ahí está, con ejemplos sobrados que van desde Jacinto Benavente a Truman Capote.

Y admiro especialmente de Saki su final heroico, de una virilidad inequívoca que separa fehacientemente las churras de la orientación sexual con las merinas de la valía militar. Honesto patriota y fustigador de la falaz política de apaciguamiento abanderada por periodistas y políticos de su tiempo, cuando estalla la Primera Guerra Mundial —y pese a que su edad le eximía del servicio— se alista voluntariamente en el bando aliado para combatir a los alemanes, cuyo expansionismo juzgaba intolerable. Postrado en el fondo de un cráter de obús durante la ofensiva del Somme, abatido su cuerpo pero intacto su mal humor, el cabo Munro perdió la última oportunidad de mantener cerrada su boca incorregible: «¡Apagad ese maldito cigarro!», gritó en la oscuridad del frente. Un soldado alemán que le oyó abrió fuego contra la fuente invisible de aquella voz. La bala atravesó el casco y el cráneo de Saki, cumpliendo probablemente el oscuro deseo de todos esos Arlington y Eleanor de la aristocracia victoriana.

A diferencia de Wilde, apenas hay en Saki espacio para la ternura, pero si lo hay se encuentra en esos otros cuentos suyos protagonizados por niños hiperestésicos y solitarios que prefieren la compañía de un pajarillo o de un hurón gordo a la de los humanos, de los que el niño terrible de Birmania desconfió siempre. Es la lágrima de rabia que late bajo la sedosa ligereza de sus escenas. Contra la frontalidad punk con que el fin sesentayochista de todos los tabúes inundó la narrativa anglosajona, tenemos a un escritor que manifiesta su claro poder de corrosión del sistema desde el interior estilístico del propio sistema. Lo cual no deja de encerrar una enseñanza para tanto campeón de la provocación lerda como abunda en nuestros días.

Fuente: JotDown.es



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