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##Selección de Poesía Miguel Hernández en su centenario

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Mensaje  Becaria el Sáb Oct 30, 2010 3:40 pm

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Miguel Hernández, corazón de relámpagos y afanes, poeta con el alma en vilo y el verso al aire, desnudadamente sincero, joven y eterno habría cumplido hoy 30 de Octubre un siglo, aunque lleva 68 años en las entrañas duras y secas de la muerte.

Intemporal, capitán de endecasílabos, triunfante de alejandrinos y octavas reales, nació en Orihuela, su pueblo, el de Ramón Sijé, un pequeño pueblo levantino el 30 de octubre de 1910. Nació en el seno de una familia humilde, dedicada al ganado. Asistió a la Escuela del Ave María, donde estudió hasta los quince años, edad a la que volvió a conducir a las ovejas por los campos de Orihuela. Es en esta etapa donde recibe una mayor influencia literaria, ya que a sus tardes con las cabras le acompañaban siempre una par de libros de Rubén Darío, Zorrilla u otros muchos. A esta temprana edad comienza a experimentar con la poesía, escribiendo algunos versos sencillos. Al atardecer merodea por el vecindario conociendo a Ramón y Gabriel Sijé y a los hermanos Fenoll, cuya panadería se convierte en tertulia del pequeño grupo de aficionados a las letras. Ramón Sijé, joven estudiante de derecho en la universidad de Murcia, le orienta en su lectura, le guía hacia los clásicos y la poesía religiosa, le corrige y le alienta a proseguir su actividad creadora. El joven pastor va llevando a cabo un maravilloso esfuerzo de autoeducación con libros que consigue en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes.
Desde 1930 Miguel Hernández comienza a publicar poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y el diario El Día de Alicante. Su nombre comienza a sonar en revistas y diarios levantinos.
En 1931 realiza su primer viaje a Madrid, con la esperanza de publicar sus poemas y que la gente los conociera, pero, a pesar de que algunas revistas destacan su valía como poeta, debe volver a su pueblo natal tras una terrible decepción y fracaso. Pero al menos ha podido tomarle el pulso a los gustos literarios de la capital que le inspiran su libro neogongorino Perito en lunas (1933).
En la primavera de 1934 Miguel Hernández realiza un segundo viaje a Madrid. Allí se mantiene con un empleo que le ofrece José María Cossío para recoger datos y redactar historias taurinas. En la capital comienza una serie de cartas amorosas con Josefina Manresa, la que se convertiría en su esposa, en la que le relata sus vivencias en la gran ciudad y sus ganas de volver a Orihuela. Aunque no deja de visitar su pueblo en Madrid va forjando un circulo amistoso de literatos. Si Ramón Sijé con la revista El Gallo gris y los amigos de Orihuela le llevaron a su orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el surrealismo y le sugirieron, de palabra o con el ejemplo, las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano.
Con el estadillo de la guerra civil Miguel Hernández se alista en el ejército republicano e inicia una poesía comprometida y de denuncia. Realiza breves viajes a Orihuela, en uno de los cuales se casa con Josefina el 9 de marzo de 1937. La tensión de estar en combate y la vida tan agitada que lleva le propició la anemia cerebral que sufrió que le obliga a retirarse para descansar. Es en este periodo donde escribe unas de sus mejores obras El hombre acecha (1939) y Viento del pueblo (1937).
En la primavera de 1939, ante la desbandada general del frente republicano, Miguel Hernández intenta cruzar la frontera portuguesa y es devuelto a las autoridades españolas. Así comienza su larga peregrinación por cárceles: Sevilla, Madrid. Difícil imaginarnos la vida en las prisiones en los meses posteriores a la guerra. Inesperadamente, a mediados de septiembre de 1939, es puesto en libertad. Fatídicamente, arrastrado por el amor a los suyos, se dirige a Orihuela, donde es encarcelado de nuevo en el seminario de San Miguel, convertido en prisión. El poeta -como dice lleno de amargura- sigue "haciendo turismo" por las cárceles de Madrid, Ocaña, Alicante, hasta que en su indefenso organismo se declara una "tuberculosis pulmonar aguda" que se extiende a ambos pulmones.

Miguel Hernández muere el 28 de marzo de 1942 al los 31 años de edad. pero su poesía de luz clara o de lluvia dulce, de música con eco y arrojo no la enterraron ni la bárbara dictadura ni la mentira sangrienta.
Miguel Hernández, corazón de naranja, que a veces se vestía de difunto, es ya verso enamorado y furia y nobleza mediterránea, al alcance de espíritus sensibles.
Miguel Hernández, un gigante con voz de labriego, poeta grave de la luz y el asombro




Es la de Miguel Hernández una de las figuras más atractivas de la llamada Generación del 36. Su breve trayectoria vital; su verdad de hombre, de la que fue dejando muestras en todas sus actuaciones; su poesía, apasionada en ocasiones hasta la desesperación, serena en otras hasta el desaliento; humana y verdadera siempre, han hecho del poeta un símbolo para las jóvenes generaciones de las últimas décadas. Porque, de alguna manera, Miguel Hernández encarna la figura del poeta de la libertad.
Su mundo poético —como el de todo poeta verdadero— es un mundo transfigurado. Así, toda su obra no es más que la transformación poética de ásperas, fuertes y extremadas realidades. Todas sus vivencias, desde las de pastor adolescente hasta las de preso condenado a la última pena, se convierten en poesía por el milagro de una intuición lírica, purísima y precoz en sus primeras composiciones, y madurada después por el dolor y la muerte.
Apasionado y reflexivo, espontáneo y retórico, mimético y original, se entrega a su obra de poeta como reflejo verdadero de su propia existencia, que intuyó desde siempre amenazada:

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida. […]

dirá en uno de sus últimos poemas. Pero también por las heridas de su pueblo, de las causadas en su alma de hombre del pueblo por la traición y el crimen. Su concepción solidaria de la vida queda plenamente reflejada en su obra, y quizás tan claramente en sus sonetos de El rayo que no cesa como en su posterior poesía, donde los temas y su tratamiento conllevan más interpretaciones para considerarlo así. Es, pues, una figura “romántica”, en el sentido de que lucha desesperadamente a favor del amor, de la justicia y de la libertad; es decir, en defensa del hombre.

De él escribió Vicente Aleixandre:
«Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar del corazón. Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o de la tristeza, allí le encontraría, en el minuto justo. Silencioso entonces, daba bondad con compañía, y su palabra verdadera, a veces una sola, haría el clima fraterno, el aura entendedora, sobre la que la cabeza dolorosa podría reposar, respirar. Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no sólo vidente, sino benevolente. Su planta en la tierra no era la del árbol que da sombra y refresca. Porque su calidad humana podía más que todo su parentesco, tan hermoso con la Naturaleza.
Era confiado y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos.